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Gestión del Estrés y Bienestar

Hacer todo a la vez para no avanzar en nada: la ilusión de la multitarea y su impacto real en tu salud mental

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En las oficinas españolas —y en los espacios de teletrabajo que se han consolidado tras la pandemia— existe una habilidad que muchos profesionales siguen mencionando con orgullo en sus currículos: la capacidad de hacer varias cosas a la vez. Gestionar el correo mientras se asiste a una reunión virtual, redactar un informe con el teléfono vibrando sobre la mesa, responder mensajes de Slack entre llamada y llamada. Lo llamamos multitarea. La ciencia, sin embargo, tiene otro nombre para ello: cambio de contexto continuo. Y sus consecuencias sobre el cerebro son mucho más serias de lo que imaginamos.

Lo que realmente ocurre en tu cerebro cuando «multitareas»

El cerebro humano no está diseñado para procesar dos tareas cognitivamente exigentes de manera simultánea. Lo que percibimos como multitarea es, en realidad, una sucesión rapidísima de cambios de atención entre una actividad y otra. Cada vez que saltamos de una tarea a la siguiente, el cerebro necesita tiempo para desactivar los esquemas mentales de la tarea anterior y activar los de la nueva. A este fenómeno, los investigadores lo denominan coste de cambio (switching cost en la literatura anglosajona).

Estudios realizados en la Universidad de Michigan ya documentaron hace más de dos décadas que estos cambios de contexto pueden reducir la productividad hasta en un 40 %. No es una cifra menor. Significa que casi la mitad de tu capacidad cognitiva se diluye en el simple tránsito entre tareas, sin generar ningún resultado concreto.

Además, investigaciones más recientes de la Universidad de California en Irvine han demostrado que, tras una interrupción, el cerebro tarda una media de 23 minutos en recuperar el nivel de concentración profunda que tenía antes. Si a lo largo de una jornada laboral de ocho horas acumulamos docenas de interrupciones —notificaciones, mensajes, cambios de tarea voluntarios o impuestos—, el resultado es devastador: trabajamos mucho, pero pensamos poco.

La trampa del rendimiento aparente

Uno de los aspectos más engañosos de la multitarea es que genera una sensación subjetiva de alta productividad. Estamos ocupados, en movimiento constante, con varias pestañas abiertas y múltiples conversaciones activas. Eso se siente como eficiencia. Sin embargo, al final del día, la revisión honesta de lo que hemos logrado suele revelar una realidad muy diferente: tareas a medias, errores que hay que corregir, ideas que no llegaron a desarrollarse del todo.

Esta brecha entre la percepción de rendimiento y el rendimiento real es especialmente perjudicial en el contexto laboral español, donde la cultura del presentismo —estar visible y aparentemente activo— sigue siendo poderosa en muchos sectores. Parecer ocupado se ha confundido históricamente con ser productivo, y la multitarea alimenta exactamente esa confusión.

El coste en términos de estrés y agotamiento mental

Más allá de la eficiencia, hay una dimensión que merece especial atención desde una perspectiva de salud ocupacional: el impacto de la multitarea sobre el bienestar emocional y mental del trabajador.

Cada cambio de contexto activa una pequeña respuesta de estrés en el organismo. El cerebro interpreta la interrupción como una amenaza menor a la tarea en curso y libera pequeñas dosis de cortisol para gestionar la transición. De manera aislada, este proceso es inocuo. Pero cuando se repite decenas o cientos de veces a lo largo de una jornada, el resultado acumulado es un estado de activación fisiológica sostenida que se traduce en irritabilidad, dificultad para concentrarse, sensación de mente nublada (brain fog) y, con el tiempo, agotamiento crónico.

No es casualidad que muchas personas que trabajan en entornos de alta demanda de atención simultánea —gestión de proyectos, atención al cliente, coordinación de equipos— sean especialmente vulnerables al burnout. La multitarea sostenida no es solo un hábito poco eficiente: es un factor de riesgo real para la salud mental laboral.

Por qué seguimos haciéndolo: el refuerzo intermitente de la distracción

Si la multitarea es tan perjudicial, ¿por qué nos resulta tan difícil abandonarla? La respuesta tiene mucho que ver con la arquitectura de las herramientas digitales que usamos a diario. Las plataformas de mensajería instantánea, el correo electrónico, las redes sociales corporativas: todas están diseñadas para capturar nuestra atención de forma continua mediante notificaciones, puntos rojos y alertas sonoras.

Este diseño aprovecha el mismo mecanismo de refuerzo intermitente que hace adictivos a los juegos de azar: no sabemos cuándo llegará el próximo mensaje importante, así que revisamos constantemente. El resultado es un estado de hipervigilancia digital que nos impide entrar en los periodos de concentración profunda que el trabajo complejo requiere.

Reconocer este mecanismo no es solo una cuestión de autoconocimiento: es el primer paso para poder modificarlo de manera consciente.

Estrategias concretas para recuperar el foco

Abandonar la multitarea no requiere soluciones radicales, sino ajustes sostenibles en la forma en que organizamos nuestra jornada. Algunas de las más respaldadas por la evidencia son las siguientes:

Bloques de trabajo monotarea. Reservar franjas horarias de entre 45 y 90 minutos para dedicarlas exclusivamente a una sola tarea, con notificaciones desactivadas y el teléfono fuera del campo visual. La técnica Pomodoro —bloques de 25 minutos seguidos de pausas breves— es una versión más accesible para quienes están comenzando.

Gestión activa de las interrupciones. Establecer horarios concretos para revisar el correo electrónico y los mensajes, en lugar de responder en tiempo real. Comunicar estos hábitos al equipo ayuda a normalizar la práctica y reduce la presión social de la disponibilidad permanente.

Priorización explícita al inicio del día. Identificar la tarea más importante o cognitivamente exigente de la jornada y abordarla en el primer bloque del día, cuando los recursos de atención están más frescos. Dejar las tareas administrativas o rutinarias para los momentos de menor energía cognitiva.

Rediseño del entorno digital. Desactivar las notificaciones no esenciales, usar herramientas como el modo «no molestar» de los sistemas operativos y configurar respuestas automáticas que informen de los tiempos de respuesta habituales.

Una reflexión final sobre el valor de la atención plena en el trabajo

En una cultura laboral que glorifica la velocidad y la capacidad de respuesta inmediata, reivindicar el derecho a concentrarse puede parecer casi subversivo. Sin embargo, proteger nuestra atención es, en esencia, proteger nuestra salud mental. Un cerebro que trabaja enfocado produce mejor, comete menos errores, se recupera con mayor facilidad y, sobre todo, llega al final del día con una reserva de energía que le permite desconectar de verdad.

La multitarea no es una habilidad que debamos cultivar: es un hábito que debemos cuestionar. Y hacerlo no solo mejorará la calidad de nuestro trabajo, sino también nuestra relación con él.

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